jueves, 7 de abril de 2011

Malvinas, la hora de la conciencia


          Creo haber leído alguna vez a León Tolstoi decir que todo pueblo que lucha por una causa que le pertenece es invencible, pues quien lucha por sí y por los suyos, lucha con la convicción inquebrantable de que la causa de la guerra, su guerra, bien merece la sangre que su ser derramare.
          Los pueblos pueden engañarse, se puede enajenar la conciencia de las masas, se puede cubrir con un velo patriótico los arrogos de vidas preciadas, vidas de jóvenes con espíritu aguerrido y pasional, fanáticos de la vida que enfrentan la muerte hundiéndose en ella.
         Se puede engañar al pueblo, pero la máquina de la muerte nunca pasa en vano por los aires de quien la respira, pues desnuda la verdad, y una verdad que desnuda se sonroja no puede tapar sus vergüenzas con mentiras que son solo la hoja de árbol que usase Adán, el cuerpo desnudo queda a la vista menos la ínfima porción que aún se oculta.
         Ante el hecho consumado, que vuelve sobre quienes lo padecieron, como un instante eterno, como una tragedia mutiladora que es a la vez la que consuma la victoria de quienes derrotados, son palpados ante la requisa de los soldados británicos. Ese instante, que es como una respiración, es la hora de la conciencia, es la hora en que aceptaron la derrota por el enemigo extranjero, enemigo que derrotó al ejército argentino, al sicario connacional, pero no al soldado aún digno.  Es así cuando despojados de sus cascos y pertenencias personales, sin más que el abrigo necesario para no morir de frío, marchando en fila india hacia el aeropuerto desde donde se los traerá de regreso, apuntados por los fusiles británicos y caminando por la inercia que la marcha impone; allí, en ese momento, mirando sus rostros grávidos comienzan a entonar tímidamente la marcha que identifica al regimiento 1° de Patricios, “El Uno Mayor”, y ante la atónita y desconcertada mirada de los infantes ingleses que no entienden nada, las gargantas de estos nobles muchachitos de llenan de furor, de dignidad vencedora, y por un instante parecen ser los vencedores y no los vencidos.[1]
          Sin embargo esta historia es trágica, y lo es porque sus protagonistas tienen conciencia, pues estos jóvenes soldados conocen toda la magnitud de su condición miserable, en ella piensan mientras marchan al aeropuerto.  “Esta clarividencia que debía constituir su tormento consuma al mismo tiempo su victoria (al menos la de aquellos que tienen conciencia), pues no hay destino que no se venza con el desprecio”.[2]
          Lamentablemente la hora de la conciencia no llegó para todos los combatientes, muchos perdieron la guerra, su guerra, o mejor dicho la guerra que desde la ideología de los dominadores se hizo propia para todos aquellos que aman la tierra que los sustenta y el cielo que los cobija.  A muchos también, como en toda guerra les tocó la hora de la muerte, muerta absurda si las hay.
          Paradojalmente, transcurridos seis años de dictadura militar, por primera vez pisoteadores y pisoteados[3] se mancomunan ante el enemigo extranjero, el sentimiento patriótico inculcado durante años en la escuela primaria obligatoria y el servicio militar, también obligatorio para los jóvenes argentinos, se exacerba: “la patria nos necesita”, “la vida por la patria ante el enemigo invasor”.
          Esta arenga patriótica va a ser la que guíe el ánimo reinante en toda la tropa al comienzo de la guerra, se muestra aquí la victoria de la ideología enajenante del poder de dominación: “¡Si quieren venir que vengan, les presentaremos batalla!!”[4] grita el ilegítimo beodo presidente, y la sórdida multitud estalla en gritos de euforia.
          La euforia inicial merma sin embargo, como el fuego de la tenue luz de la vela que se funde en la cera y desaparece, quedando solo humo con olor nauseabundo, humo que también de a poco se esfuma, y que esfuma a la vez el velo enceguecedor que inhibe las conciencias del pueblo argentino, que aún pudoroso, no se anima a ver el cuerpo desnudo de la verdad, tendiéndole limpias vestiduras para seguirla cubriendo, para tapar sus vergüenzas, nuestras vergüenzas.

 Por Leandro Kriznik


[1] Tomado de un testimonio de un excombatiente que lo ha narrado y posteriormente publicado en un pequeño video audiovisual contando el episodio. http://www.youtube.com/watch?v=MXrBTqOZkeI&feature=related
[2] Albert Camus. El mito de Sísifo.  Ed. Lozada. Buenos Aires 2007. Pag. 35
[3] Pisoteadores y pisoteados son términos que tomo prestado del escritor Eduardo Galeano.
[4] Frase pronunciada por el presidente de facto Galtieri en la pronunciación realizada en el balcón de la casa rosada un 2 de Abril de 1982 en relación al desembarco de las tropas nacionales en Puerto Argentino, Islas Malvinas.

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