jueves, 7 de abril de 2011

Una paradoja que libera


Para pensar la dictadura, una historia como catástrofe.
 (Palabras pronunciadas en la vigilia del 24 de Marzo de 2011, día de la memoria, en Integrarte, Pilar )


      Ahora, en nuestra contemporaneidad, la historia que no se detiene se nos presenta como la brisa después de una furiosa tormenta. 
     Volteando la mirada hacia atrás, el ángelus novus, el ángel de la historia, no puede plegar sus alas, la tormenta lo ha arrojado en su camino errante e indetenible hacia el presente, constructor de futuro constante, porque hoy es siempre todavía. 
     Pero este ángel al voltear la mirada hacia atrás ve el horror, el espanto, la catástrofe, la tragedia.  Es la historia como catástrofe de Walter Benjamin, lo que veía el ángel para él era el horror de Auschwits, lo que ve para nosotros es el espanto de las sanguinolientas dictaduras latinoamericanas, homicidas, femicidas, infanticidas, en fin, quizá si decimos macabras dictaduras humanicidas no cometeremos errores en decir palabras que no aparecen en el diccionario.
     No obstante, la historia tiene esa virtuosa costumbre de no detenerse nunca, no descansa, nos paga caro cuando nos sentamos a la orilla del camino a descansar, porque ella es intempestuosa, como los hombres, porque los hombres la hacemos, y si nos entretenemos dispersos con los espejitos de colores siglo XXI o con la silla peligrosa que nos invita a parar, otros tomarán las riendas  y hablarán y harán por nosotros lo que ni nosotros, hablados por otros, quisimos pensar.
     Es el resquicio esas bocanadas de aire que el tiempo nos permite inhalar, tiempo que no todo lo cura, pero tiempo que nos permite ponernos de pie nuevamente para seguir haciendo camino, porque los monstruos también se cansan, también envejecen, también mueren.
     Sin embargo no debemos caer en peligrosas antinomias que de maneras espejadas nos devuelven la misma imagen, nosotros no somos monstruos, pero tampoco somos su antítesis, no debemos usar la misma lógica de nuestro opresor para vengar sus oprobios, porque nos pareceríamos mucho a él y quizás hasta nos terminara seduciendo.
      No quisiera que esto se malentendiera, cuando Sartre dice en el prólogo del libro de Franz Fanon, “Los condenados de la tierra” que cuando un colonizado mata a su colonizador, mata dos pájaros de un tiro, pues nos queda un hombre muerto y un hombre libre, no está diciendo simplemente que debemos quitarnos el pesado yugo de la opresión matando a nuestro opresor.  No, dice muchísimo más que eso, dice que debe morir el opresor y el oprimido, el colonizador y el colonizado, el dictador y el luchador social.
     Lo que debe desaparecer es el que muere y el que decide hasta la forma de morir, ya sea haciendo el mal en nombre del bien o el bien para asesinar al mal.  Lo paradójico también oprime.
     Es una tarea inconmensurable la que debemos edificar, es crear una nueva utopía de la vida, es pelear sin convertirnos en depredadores, es endurecernos sin perder la ternura jamás, es creer firmemente que se puede crear un mundo en el que quepan muchos mundos, es ser soldados para que por fin y para siempre dejen de existir soldados.
     No creo que la historia nos depare un futuro mejor, eso debemos decidirlo y construirlo nosotros, el presente siempre tiene primacía sobre el pasado, porque el presente es el que se impone y el que permite cambiar el mundo, porque no somos simplemente producto de un pasado, somos lo que decidimos ser de aquí en más.
     No quiero quedar como un ingenuo optimista, creo haber sido claro, esta historia como catástrofe es la máxima expresión de la razón occidental, es a decir de Gramsci, el pesimismo de la razón, pesimismo que no está contra el optimismo de la voluntad, sino por el contrario, es lo que nos permite no dejarnos inmóviles al lado del camino, es lo que nos permite hacer camino, avanzando hacia el horizonte, aunque el siempre se corra a medida avancemos.
     Sólo por amor a los desesperados conservamos aún la esperanza, sólo por amor a la vida enfrentamos la muerte aunque en ella nos hundamos.  He aquí una paradoja que libera.
    

     Muchas gracias por dejar decir mi palabra.   
                                                                                                             Leandro Kriznik

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